MARCO
La puerta crujió al abrirse.
No me moví; no podía.
Mi cuerpo se sentía pesado… brumoso, y peor aún, mi cabeza palpitaba terriblemente.
Agité la botella de alcohol en mi mano, desesperado por más líquido, cuando me la arrebataron con fiereza.
—¡Ya es suficiente! —una voz familiar resonó—. No dejaré que te conviertas en un estorbo.
Me enderecé, con el dolor formándose en mi cabeza de nuevo. Pero esta vez era peor que nunca. —¿Dame mi…?
La cortina al abrirse me interrumpió. Forcé mis ojos a