CASSANDRA
El silencio que llenó el pasillo era espeso y sofocante.
Marco tenía mis manos inmovilizadas sobre mi cabeza, sus ojos clavados en mí con una mirada que no podía descifrar.
Quizás abofetearlo había sido un paso demasiado lejos. Mi corazón se aceleraba y estaba haciendo todo lo posible por calmarlo.
Marco se inclinó, nuestros labios casi rozándose, y salí de mi aturdimiento.
—Suéltame —dije, luchando por librarme de su agarre.
—Me has abofeteado —escupió, mientras una de sus manos forz