Lagrimas llenaron mis ojos. Mis dedos se aferraron a las sábanas. Mi corazón brincaba frenético dentro de mi pecho.
Cerré los labios fuertemente para no gemir, de dolor. Ya no sentía el placer qué había sentido cuando jugaba con sus dedos, ahora solo sentía escozor y el tirante dolor al ser invadida por algo mucho más grande.
—Mi ... señor...
—Aguanta un poco —masculló entre dientes, empujando más profundo.
Pero yo no podía aguantar más, solo quería que se detuviera. Ya no lo deseaba.
—Oh,