Me abracé a las sábanas y suspiré profundamente, medio adormilada. Casi no me importaba estar desnuda al lado de un mafioso. La cama era tan suave y cómoda, muy diferente a mi desgastado colchón en casa. Cuando el señor Daniels se marchará, yo me quedaría un poco más y dormiría una larga siesta.
—¿Cuántos años tienes?
Fruncí el ceño, extrañada por su pregunta.
—18 años —dije con un bostezo. Me sentía tan agotada y algo adolorida.
—¿Eres estudiante?
Negué una vez. Mis parpados comenzaron a