—Señor Guzmán —respondió con timidez, mordisqueándose el labio—, me llamo Luciana…
El ambiente se congeló de golpe. Alrededor seguía el bullicio de la música y la gente, pero el espacio donde se encontraban pareció caer en un silencio sepulcral.
—Luciana… Luciana… —repitió Alejandro con un deje de ironía, sin que se supiera si estaba complacido o indignado.
La joven se sonrojó aún más.
—Sí, señor Guzmán…
El gerente, tratando de que no hubiera más demoras, le recordó su tarea:
—¿Olvidaste a qué v