Alejandro se fue a recoger el sancocho y otros platillos calientes que le gustaban a Luciana. Varias veces los meseros se ofrecieron a ayudarle, pero él se negó.
—Señor Guzmán, déjenos…
—No, gracias. Mi esposa me lo pidió a mí —respondió, sin admitir la asistencia de nadie.
Regresó a la mesa con un pequeño calentador en el que puso el caldo, y pronto empezó a burbujear. Tomó también verduras y carnes, exactamente como sabía que a Luciana le gustaban.
Luciana miraba la olla con la boca hecha agua