El aguacero caía con fuerza, empapándola en segundos. A su alrededor solo había árboles y más árboles; no se veía un alma.
El terreno era lodoso, y cada paso se hacía más pesado que el anterior. Aun así, continuó avanzando con dificultad, buscando algún rastro de él. Caminó durante un buen rato, hasta que el paisaje comenzó a abrirse un poco, pero de Alejandro no había señal.
¿Habré tomado el camino equivocado?
El pensamiento la inquietó aún más. ¿Y si él había tomado otra dirección? ¿Y si ahora