—¡Al director Mayo no se le “recarga” con jugo! —gritó alguien, bromeando.
—¡Échenle lo que sea! —Vicente alzó la barbilla—. Venga.
—¿Qué esperan, muchachos?
—¡Director!
El privado estaba animadísimo. Martina, empanzonada de jugo, aprovechó un hueco para ir al baño. Mientras se lavaba las manos, alzó la mirada… y en el espejo apareció un rostro conocido.
Se quedó rígida.
¿Era… Salvador Morán?
Él también la había visto. Salvador sabía que esa noche Martina había organizado la reunión —se lo había comentado Alejandro—, y justo estaba en el mismo lugar reuniéndose con un cliente. Aun así, no esperaba un encuentro tan directo.
A Salvador se le secó la boca; las palmas le sudaron. Abrió los labios y no le salió la voz.
Martina habló primero. Se volvió, lo miró de frente y sonrió, discreta.
—Salvador Morán, ¿cierto? Tanto tiempo sin vernos que casi no te reconocía.
—Sí —tragó saliva y asintió—. Mucho tiempo.
—Menos mal no me equivoqué —dijo ella, acomodándose un mechón.
—Comparado con antes…