—Ale… ya no puedo… —La voz de Luciana se quebró—. Fernando despertó; me necesita. Está así por protegerme… no puedo desentenderme de él.
—¿Y yo? —Alejandro sentía que perdía la cordura—. ¿Él te necesita y yo no? ¿Solo porque él estuvo tres años postrado y yo “apenas” tres días?
—No es eso…
—¿Entonces qué? —le martillaba la cabeza y el pecho—. Hace nada estábamos bien, muy bien, ¡y ya quieres botarme! ¡Eres una mentirosa, Luciana!
La soltó de golpe y se puso de pie. La pierna izquierda todavía no