—Sí… —admitió.
Frunció el ceño—:
—¿Insinúas que Enzo odiaba a mi madre? ¿Tanto como para seguir persiguiéndola aún muerta y… transferir ese odio a la hija? ¿Qué clase de rencor sería ese?
No alcanzaba a imaginarlo.
—Pero tampoco cuadra —murmuró—. Enzo nunca me ha lastimado.
Por sospechoso que fuera, lo cierto era que solo le había tendido la mano.
—Me ves aquí, completa.
—Lo sé —asintió Alejandro, pensativo—. Esa parte tampoco la comprendo. Solo desentrañando qué pasó entre él y tu madre obtendr