Tras su partida, solo quedaron gritos de angustia en el interior.
Lucía se sumergió en una pesadilla prolongada y turbulenta. En él, un demonio implacable la perseguía sin darle descanso alguno. Por más que intentaba huir, sus piernas no respondían. Un terror abrumador la envolvía por completo, oprimiéndole el pecho con fuerza hasta casi asfixiarla, como si la vida se le escapara entre los dedos. Entre sollozos ahogados, las lágrimas seguían brotando sin control alguno, surcando su rostro.
Paula