Mateo envolvió a Lucía en un abrazo protector, como si quisiera escudarla de todo daño. La estrechó con fuerza contra su pecho, deseando poder rodearla por completo y mantenerla a salvo de cualquier tipo de amenaza.
Apoyando con delicadeza su mentón sobre la cabeza de ella, respondió con voz cargada de remordimiento:
—Estoy aquí, Lucía. Ya pasó todo, estás a salvo ahora. No dejaré que nada malo te pase.
Lucía, con el rostro hundido en el pecho de Mateo, seguía temblando de manera incontrolable.