Al abrir la puerta del baño, Mateo vio a Lucía sentada en la bañera, frotándose el cuerpo con fuerza y en completo silencio, temerosa de que él la escuchara.
—¡Lucía, detente! —exclamó Mateo, acercándose rápidamente para sujetar sus manos con fuerza y evitar que siguiera lastimándose.
Con los ojos enrojecidos, Lucía intentó con todas sus fuerzas zafarse, luchando desesperadamente:
—No me toques, estoy sucia...
—No estás sucia—murmuró Mateo, abrazándola para impedir que se hiciera daño. —No está