El cuerpo de Mateo emanaba calor, impregnado de un intenso olor a alcohol, y su aliento tibio acariciaba su oído.
¿Había estado bebiendo?
Lucía lo llamó con suavidad:
—Mateo.
Pero él la envolvió por completo en sus brazos, enterrando su cabeza en su cabello, y le dijo con seriedad:
—No te muevas, déjame abrazarte un rato más.
Lucía permaneció quieta, perdida en sus pensamientos. No comprendía muy bien, por qué había bebido tanto. A través de las sábanas, permaneció acostada durante muchísimo tie