Lucía recibió el vaso de agua con un suave asentimiento.
— ¡Qué atento es nuestro yerno, siempre pendiente de su esposa!
Sus pequeños gestos no pasaban desapercibidos para los demás.
Las risas, bromas y comentarios hicieron que Lucía se sintiera algo nerviosa.
Mateo, sosteniendo su copa, dijo sonriendo:
— Es mi esposa, por supuesto que debo cuidarla.
— ¡Ay, qué buen yerno! Si mi viejo tuviera la mitad de tu consideración, ¡no pelearíamos todos los días!
— ¡Jajaja!
Todos reían con gusto.
Lucía ap