Los golpes se hacían cada vez más insistentes.
—¡Leo, maldita sea abre la puerta! —decía furiosa, era una mujer.
Abrí los ojos completamente sorprendida, ¡Me había acostado con él y ahora su maldita prometida estaba fuera!
—Sé que llegaste anoche, abre ahora mismo la puerta—gritoneaba.
Estaba a punto de protestar, pero advirtió mi movimiento y me llevó una mano a la boca.
—No hables—susurró.
Llevé mis manos a sus brazos y los apreté con fuerza, él sonrió un poco y dio un