Iba a morir congelada, y todo por culpa de ese orangután. Me detuve a mitad de la calle y miré a ambos lados para cruzar. Todo se veía blanco. Traté de respirar profundo, pero el aire frío era tan cortante y doloroso. Un coche de lujo se detuvo a mi lado; su ventanilla empezó a bajar. Mikhail tenía una cara de pocos amigos.
—Sube al maldito coche, no me cabrees más —me gritó Mikhail.
Yo lo miré con desprecio y crucé la calle. Él no iba a gritarme, y también estaba segura de que no me iba a deja