A la mañana siguiente me desperté por el ruido de los coches pasando. Milo estaba acostado sobre mi vientre, como un guardián del bebé.
— ¡Me estás asfixiando, Milo! — me quejé. Lo quité y me senté en la cama, me estiré y sonreí. Al menos aún estaba aquí y no en un auto rumbo a la casa de Fabien. Bajé de la cama y me acerqué a la cocina, allí estaba el señor Luigi haciendo el desayuno.
— Buenos días, Carolina — me dijo con una sonrisa.
— Buenos días — le saludé.
— Hoy te ves más radiante —