CAPÍTULO 46 - HARINA, METATE Y UN CAPO ENAMORADO
Más tarde ese día, Emma bajó a la cocina con el cabello recogido, las mangas dobladas y la determinación reflejada en el rostro como si estuviera a punto de liderar una junta directiva.
Ya no quería sentirse como una invitada con maletas caras y tacones que no encajaban en aquel suelo.
Había decidido quedarse, y si iba a hacerlo, no sería escondida tras la espalda de Santiago ni caminando de puntitas por una vida que le resultaba ajena.
Empujó la