Capítulo 37. Simpatía Trocada
—Me tratas como si fuera porcelana rota, lista para hacerse añicos con un simple soplo de viento, señor.
Elara apoyó la espalda en una pila de cojines de seda sobre el diván del estudio de Alejandro. El dedo índice, envuelto en un vendaje fino, le pulsaba con insistencia, pero la opresión en su pecho era mucho más molesta. Frente a ella, Alejandro permanecía de pie con una camisa blanca cuyas mangas estaban remangadas hasta los codos. Acababa de recibir una bandeja con trozos de manzana pelado