11
La luz del amanecer atravesaba los ventanales del piso al techo del penthouse en Reforma, convirtiendo la Ciudad de México en un océano de cristal y acero que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Ximena observaba ese paisaje desde la isla de la cocina, con una taza de café entre las manos que no había probado todavía, consciente del peso del anillo de platino en su dedo anular izquierdo—un recordatorio frío y constante de que su vida había cambiado irrevocablemente en las últimas veinticu