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Las setenta y dos horas que siguieron a la entrega de las fotografías transcurrieron para Cassandra con la lentitud particular de las decisiones que no tienen salida.

No hubo llanto. Ya había aprendido que el llanto era un lujo que el cuerpo no podía sostener cuando la mente necesitaba toda su energía para calcular. Se sentó en el apartamento del piso once con una taza de té que se enfrió sin que ella la tocara, y contempló las do

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