Todavía estaba un poco temblorosa cuando me metí en la cama y me arropé con la manta. Una vez que el pánico pasó, la vergüenza se apoderó de mí y me encendió las mejillas.
Quería esconderme.
Pero él había dejado de lado su odio hacia mí para tomarme en brazos y sostenerme hasta que me sentí mejor, y eso me confundió más que cualquier otra cosa. Me había vuelto loca y había destrozado su habitación cuando su ignorancia me había llevado al límite de mis fuerzas y, en lugar de reaccionar con ira,