Capítulo 32: El peso del encierro
El desayuno se enfrió en la bandeja. Ariadne no lo tocó. No tenía hambre. Solo tenía un vacío pesado en el estómago y un miedo constante, como un zumbido de fondo, que nunca se iba. El miedo por su madre.
Se quedó sentada en el suelo, abrazando sus rodillas, escuchando.
Los sonidos del penthouse eran ahora la banda sonora de su encierro. Los pasos suaves de la sirvienta. El lejano tintineo de cubiertos desde donde Ashley y Damián habían compartido ese desayuno