El lunes por la mañana, Adams encontró a Elizabeth sentada en la antesala de su oficina, esperándolo. Ángel, su asistente, le hizo una señal discreta, preguntándole si debía deshacerse de ella, pero Adams negó con la cabeza. Elizabeth se puso de pie de inmediato cuando él abrió la puerta y, sin pronunciar palabra, lo siguió hacia el interior. Adams, cerró la puerta tras ellos, y avanzó hasta quedar peligrosamente cerca de ella.
—Hola, cariño —murmuró, su voz baja, casi burlona.
Lili se estremec