El matrimonio Smith llegó en la madrugada a Nueva York. Descansaron en lo que sería su nueva casa y, a las diez de la mañana, Adams fue con Glenda a su departamento.
—Hola, papi, buenos días —dijo Glenda con una sonrisa radiante, mientras besaba a su padre. Tras ella, entró Adams. Tom se puso serio, pero se rió por dentro al ver la reacción de Adams. Le pareció gracioso que un hombre de su talla se impresionara ante su gesto.
—Hola, mi amor, qué gusto verte —dijo Tom, sin apartar la vista de Ad