Capítulo 41: Las que sobrevivimos.
Carolina tenía los nudillos partidos, envueltos en vendas que sujetaban con fuerza las marcas de su ira. En el gimnasio del sótano, la música sonaba sin ritmo. Solo había golpes. Golpes sordos que impactaban repetidamente contra el saco de boxeo, uno tras otro, como los latidos de un corazón que se niega a rendirse. Derecha. Izquierda. Gancho. Patada.
—¡Otra vez! —rugió al verse en el espejo, una mujer con una mirada ardiente y los ojos llenos de sudor… y de recuerdos que no se disipan por más