El tan esperado día de la cita finalmente había llegado. Alexander, vestido con un elegante traje negro y una camisa blanca impecablemente abotonada, se dirigió al restaurante Le Jardin Élégant con un toque de nerviosismo que disimulaba a la perfección bajo su habitual seguridad. Aunque había aceptado la cita principalmente para complacer a su abuela, no podía negar que le despertaba cierta curiosidad. Después de todo, Margaret no paraba de hablar de las cualidades de aquella misteriosa mujer,