Elena le puso una cebolla en la mano y se volvió para mirar la olla en la estufa.
—Déjalo ya. No estoy pensando en eso. No me busques pareja. Ahora me importa crecer en mi trabajo. Con dinero, hombres no me van a faltar.
Diana la siguió de inmediato, con voz mimosa:
—Anda, dime. Si los dos cayeran al río, ¿a quién salvarías?
—A ninguno. Que se ahoguen los dos.
Diana se apoyó en la barra y la miró, sonriente.
—A mí Pablo me parece muy buen hombre. Mientras estuviste en el hospital, estuvo al pend