Capítulo 52 El intruso
Julián se quedó inmóvil.

Al mirar a Elena tan cerca, sintió que se le encogía el corazón.

Ella dejó de pellizcarle la mejilla, bajó la cabeza y murmuró:

—Gracias por ayudarme a darle una paliza a ese vago de la escuela de al lado. No se me va a olvidar.

La borrachera la tenía aturdida y apenas podía mantenerse en pie junto a la calle.

Él la llamó en voz baja:

—Elena.

Ella dio un paso hacia él y levantó la cara.

—¿Qué pasa?

Tenía las mejillas rojas y una voz suave, con un dejo infantil.

El tenue
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