Benedicto sacó un cigarro de la caja sobre la mesa, lo colocó en sus labios y lo encendió.
El humo serpenteante ocultó enseguida su rostro, haciendo imposible discernir su expresión.
Normalmente, no fumaba mucho alrededor de Fabiola para evitar que ella inhalara humo de segunda mano y también por miedo a que el lujoso cigarro revelara su identidad.
Y los cigarros baratos simplemente no eran de su agrado.
Al pensar que ya no tendría que preocuparse por esto, oscureció aún más su mirada con oleada