23.
Aprieto la sabana. Tú puedes contenerte, Marcus. No respires, mira solo su rostro. No respires. Escucha su corazón, escucha cada latido.
—Lo siento —repito al ver que ella no reacciona— ¿Cerecita?
No hay temor en ella, pero tampoco algo que me haga pensar que le gusto.
—Sé que debí pedirte permiso, lo sé, lo siento. Estabas tan alterada. Se me desgarra el alma cuando lloras y te estabas culpando— ella frunce el ceño— ¡Yo solo quería evitar que siguieras sintiendo algo así!
Me cayo cuando ell