Dorian salió de la ducha todavía bufando, con una toalla atada a la cintura y el orgullo hecho pedazos.
El agua fría había servido de poco.
La imagen de Francine, arrodillada entre sus piernas, limpiando "inocentemente" cada rincón de la habitación, seguía grabada en su mente como una maldición.
Pasó la mano por el cabello mojado, decidido a recomponerse.
Pero al acercarse a la cama, el control se le escapó otra vez de las manos.
Sobre la almohada, una hoja doblada cuidadosamente lo esperaba.
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