37 - ¡Se merece una estatua!

Dorian se pasó la mano por la cara otra vez, como si el solo hecho de contarlo resultara agotador.

— Le mandé a limpiar mi cuarto hoy.

— Hasta ahí, rutina normal de jefe detestable.

— Con uniforme nuevo.

Cássio frunció el ceño.

— ¿Cómo… uniforme nuevo?

Dorian apoyó el vaso despacio sobre la mesa, la mirada fija en el fondo de la bebida como si allí estuviera ahogada su dignidad.

— Una lencería roja. Con liguero.

Cássio no pudo contenerse.

— ¡Hostia, Dorian! — se rió a carcajadas lo bastante fue
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