El pasillo del hospital olía a desinfectante y café recalentado.
Francine ya había perdido la noción de las horas.
La última vez que miró el reloj eran poco más de las cuatro de la mañana.
Ahora el sol se filtraba por las ventanas, pero ella seguía con la misma ropa, el mismo corte de cabello torcido y los ojos hundidos de alguien que no había pestañeado desde la noche anterior.
Cuando el médico apareció en el pasillo, casi saltó de la silla.
—¡Doctor! Él va a estar bien, ¿verdad? —preguntó, co