El aeropuerto hervía de voces, maletas y salidas apresuradas, pero Francine parecía flotar.
Vestía pantalón de lino beige, blusa de seda blanca y gafas oscuras enormes, una mezcla de elegancia y seguridad que hacía que la gente mirara dos veces.
A su lado, Dorian caminaba con el teléfono pegado al oído, resolviendo los últimos detalles antes de embarcar rumbo a Estados Unidos.
—¿Entonces vas a un desfile exclusivo? —preguntó él, colgando la llamada y mirándola con media sonrisa.
—La exclusivida