El ascensor se abrió con un siseo metálico que a Amara le dolió en las sienes. Caminó por el pasillo como si el suelo estuviera hecho de cristal fino, temiendo que, con el siguiente paso, todo terminara de romperse. Al llegar a la puerta del departamento, sus manos temblaron tanto que la llave golpeó el metal varias veces antes de encontrar la cerradura.
Al entrar, el silencio la golpeó como una presencia física.
—¿Keziah? —susurró, pero su propia voz sonó extraña, pequeña—. ¿Aslan?
No hubo re