Capítulo 18. Calma antes del Egeo

El silencio de su apartamento en Bermondsey era el único bálsamo capaz de calmar el zumbido persistente en sus oídos. Amara se dejó caer en el sofá de lino gris, sin siquiera quitarse los tacones. El microcemento pulido del suelo reflejaba la luz pálida de un Londres que amenazaba con lluvia, pero ella solo tenía ojos para el techo.

Había ganado. Tenía el contrato. Pero el precio físico se sentía como una deuda impagable.

Un peso cálido y vibrante saltó sobre su regazo. Dante, soltó un maullid
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