Capítulo 136. A ciegas

El siseo del radiador roto era el único sonido que competía con el pitido ensordecedor que Livia tenía instalado en los oídos. Un olor penetrante, una mezcla de pólvora quemada y gasolina, le inundó las fosas nasales, provocándole una arcada inmediata.

Trató de moverse, pero el dolor en las costillas la devolvió contra el asiento con un gemido sordo. Tenía la boca pastosa y el sabor a hierro de la sangre en la lengua. Le tomó varios segundos de confusión comprender que el mundo estaba de lado;
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