Capítulo 137. El crujido de la hojarasca
El chasquido metálico de las portezuelas al cerrarse sonó como un disparo en la quietud de la noche. Livia pegó la espalda contra la corteza rugosa del pino, conteniendo el aire hasta que los pulmones le ardieron. Con una mano temblorosa, cubrió la boca de Keziah. La niña se agitó, incómoda por la presión, pero el pánico magnético que emanaba de Livia pareció contagiarla; se limitó a esconder el rostro en el cuello de su niñera, sollozando en un susurro inaudible.
A través del follaje, Livia vi