Narrado por Mia Blackwood
El frío no era solo una temperatura; era una bestia con colmillos que me mordía los huesos. La lluvia de Londres, implacable y sucia, no tenía piedad. Se filtraba por las costuras de mi vestido de seda, que ahora pesaba como una armadura de plomo, y convertía cada ráfaga de viento en un látigo de hielo contra mi nuca. Mis tacones, esos que me habían costado medio sueldo y una dosis de orgullo, se habían rendido hacía dos cuadras. Sentí el crujido del cuero rompiéndose