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Bajo la tinta de su piel
Bajo la tinta de su piel
Por: Iri♡☆
Capítulo 1 Los espejos de cara a la pared

*"El amor no se escribe, se siente.*

*Tu nombre es mi primer verso."*

— V. R. Vance, *Bajo la tinta de su piel*

---

Millones de personas conocen mi nombre.

Nadie conoce mi cara.

No es una paradoja. Es una decisión.

Son las 2:47 de la mañana y la ciudad entera duerme al otro lado de mi ventana. Yo no. Mi departamento es una fortaleza de papel —libreros hasta el techo, luz cálida, una manta que ha visto mejores décadas— y ahí dentro, yo tengo una cita con la última línea de mi novela.

La última línea de un libro es como el último ladrillo de un puente: si lo pones mal, todo lo que construiste para llegar hasta ahí se derrumba.

Me crujo los dedos. Brontë, mi gata, abre un ojo amarillo desde la pila de manuscritos y me juzga. Como siempre.

—Solo un párrafo más.

Brontë cierra el ojo. No me cree. Hace bien.

En la pantalla, el cursor parpadea con la paciencia de quien sabe que no tengo escapatoria. Releo la escena por tercera vez: la protagonista confesando lo que siente bajo la lluvia, con el pelo pegado a la cara y el corazón en la mano. La escribí llorando. Siempre lloro. Ese es mi pequeño secreto sucio: la mujer que hace llorar a millones primero llora sobre su propio teclado.

El otro secreto, el que no confieso ni en voz baja, es peor: nunca he vivido un amor así. Ni uno. Escribo lo que observo, lo que anhelo, lo que invento. Y quizá por eso me sale tan bien. El hambre es el mejor cocinero.

Borro la última línea. La escribo de nuevo. La borro.

—No es así.

Tecleo la línea verdadera, la que llevaba semanas escondida detrás de mis costillas:

*"No me enamoré de ti a pesar de la tormenta. Me enamoré de ti porque me enseñaste a quedarme bajo la lluvia sin miedo."*

Fin. Se acabó.

Me recuesto en la silla y el aire sale de mis pulmones como si acabara de subir desde el fondo del agua. Seis meses de encierro. Doscientos doce cafés. Una novela terminada.

El portátil suena con notificaciones antes de que pueda guardar el archivo. Como si el mundo hubiera estado esperando con la oreja pegada a mi puerta a que yo terminara.

\* \* \*

Mi teléfono es un árbol de Navidad encendido.

Tres mensajes de Camila, mi agente y la única persona que sabe que existo. Uno de mi editora. Catorce mil comentarios nuevos en la plataforma. Y un hashtag que intento no buscar pero que siempre, siempre termino buscando:

**#VRVance**

Abro los comentarios. Sé que no debería. Camila me lo advierte cada semana: *"Leer comentarios es como lamer una herida: se siente bien un segundo y se infecta un mes."*

Pero soy masoquista del afecto. Los leo.

*"V. R. Vance no escribe libros. Escribe abrazos."*

*"Lloré con el capítulo 30 en la sala de espera del hospital. Una enfermera lloró conmigo."*

*"No sé quién eres ni dónde estás, pero gracias por enseñarme que merezco ser amada despacio."*

Se me aprieta la garganta. Esa es la droga. Por eso escribo. Por tres segundos, soy la mujer más amada del mundo.

Y entonces llega, como siempre, el comentario que gira el cuchillo:

*"Debe ser hermosa. Alguien que escribe así tiene que ser una diosa."*

Cierro el teléfono.

La pantalla se apaga y, por un instante, antes de que pueda evitarlo, mi reflejo aparece en el cristal negro.

Ahí está.

Valeria.

\* \* \*

En mi departamento hay tres espejos.

Los tres están de cara a la pared.

Los giré yo misma, uno por uno, el día que firmé mi primer contrato con la editorial. Fue mi ceremonia silenciosa, mi bautizo raro: el día que nació V. R. Vance, Valeria Reyes desapareció de todas las superficies reflectantes.

Aun así, no necesito un espejo para verme. La memoria refleja sin pedir permiso:

Curvas que no caben en ninguna portada.

Estrías en las caderas como grietas viejas.

La cicatriz de la rodilla, de cuando corrí a esconderme a los quince y me caí delante de todos.

*Gordita.*

*Rara.*

*¿Tú, escribiendo sobre el amor?*

No, esa última no fue del colegio. Esa llegó después, con traje caro y veneno más fino. Veintidós años. Mi primera firma de libros. La única que hice con nombre y cara. Una lectora se acercó a la mesa, me recorrió de arriba abajo como quien revisa un pedido equivocado, y dijo en voz alta, para que todos escucharan:

—Qué pena. Me la imaginaba más… bonita.

Dejó el libro sobre la mesa. Sin dedicatoria.

Esa noche entendí algo que nadie te enseña: el mundo te perdona cualquier cosa, menos no parecerte a lo que imaginó.

Así que inventé una máscara.

V. R. Vance no tiene cara, ni cuerpo, ni edad. V. R. Vance es una voz. Y las voces no engordan, no envejecen, no decepcionan. Las voces solo tienen que ser amadas por lo que dicen.

Perfecto.

Eso creí.

\* \* \*

El teléfono vibra en mi mano. Camila.

—Terminaste —dice sin saludar.

—¿Cómo sabes que—

—Porque solo contestas el teléfono cuando terminas un libro o cuando te estás muriendo. ¿Cuál de las dos?

—Terminé.

Escucho un grito. Algo que parece un salto. Un perro ladrando a lo lejos.

—Camila, son las tres de la mañana.

—Para ti. Para mí es el amanecer de la gloria. Mándamelo ya.

—Camila…

—Ya, Valeria. Lo necesito leer antes de que me explote el corazón.

Sonrío. Por eso la quiero. Porque Camila nunca dice *"mándamelo para venderlo"*. Dice *"para que me explote el corazón"*.

—Está en tu correo.

Silencio. Tecleo de su lado. Y luego, cuarenta minutos de línea abierta en absoluto silencio, el tipo de silencio que solo existe cuando alguien lee con todo el cuerpo. Me quedo escuchándola respirar. He aprendido a no colgar: cuando Camila termina un manuscrito, necesita treinta segundos para volver al mundo, y me gusta estar ahí cuando lo hace.

—…Te odio —dice por fin, con la voz rota—. Te odio con mi alma. Estaba enamorada de tres personajes y mataste a uno.

—Era necesario.

—Era cruel. —Solloza—. Es perfecto. Es lo mejor que has escrito.

—No llores.

—No lloro. Es el aire acondicionado.

Nos reímos las dos. Por un momento, a las tres de la mañana, con el café frío y la gata dormida en mi regazo, siento que lo tengo todo.

Hasta que el tono de Camila cambia.

—Valeria. Mañana la editorial quiere verte. En persona.

—Diles que no hago "en persona".

—Lo sé. Se lo digo desde hace seis años. —Hace una pausa—. Esta vez es diferente. Dijeron que es algo grande. Que no es una negociación. Que es un anuncio.

Un escalofrío me baja por la espalda.

—¿Qué tipo de anuncio?

Camila tarda un segundo de más en responder.

—No me lo dijeron. Pero, Valeria… sonaban felices.

\* \* \*

Cuelgo y abro el correo, aunque el cuerpo me diga que no.

Ahí está. Asunto en mayúsculas, con un signo de exclamación que parece una advertencia:

**URGENTE: ADAPTACIÓN CINEMATOGRÁFICA — CONTRATO MILLONARIO**

Mis manos tiemblan mientras bajo por el texto. Millones de dólares. Tres películas. Distribución internacional. El tipo de contrato que cambia carreras y vidas.

Y al final, una sola línea, resaltada en amarillo, como si supieran que sería lo único que leería con calma:

*"Condición indispensable para la firma: presencia física de la autora V. R. Vance en el anuncio oficial. El mundo necesita ver su rostro."*

La pantalla del portátil se apaga.

En el reflejo negro, por un instante, aparece Valeria Reyes.

Y por primera vez en seis años, le tengo miedo a mi propio nombre.

\* \* \*

**NOTA DE LA AUTORA:**

Y esto apenas comienza. 💫 Valeria tiene el mundo a sus pies… y una sola línea entre ella y todo lo que teme.

Si quieres saber cómo sale de esta, deja tu **voto** y cuéntame en los comentarios: *¿qué harías tú en su lugar?*

Los leo entre líneas.

— Iriangel ✍️

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