La rabia que Julio irradiaba la obligó a guardar silencio durante todo el trayecto. Luego él se volvió a mirarla y ella se quedó como una estatua, soportando la lenta inspección de Julio.
No necesitaba un espejo para imaginar su deplorable aspecto. Ella alzó una mano de manera instintiva hacia el escote del vestido para tocar la desgarradura sobre sus senos, y como si el movimiento lo hubiera liberado de un hechizo. Encendió la luz del auto.
—¿Qué ha pasado, Daniela? —inquirió, sus ojos brillab