César miró todos los documentos acumulados sobre su escritorio, pero no les prestó atención. Se levantó y caminó hacia la ventana, desde donde intentó llamar a Lorena.
¡El número no estaba disponible!
—¡Lorena, carajo, no te da pena! —murmuró, molesto.
Justo después, entró otra llamada. Era de Blanco.
—¿Qué sucede? —preguntó César con tono poco amistoso, aún estaba afectado por lo que se acababa de enterar.
Blanco se rio con tranquilidad.
—Escuché que mandaste a buscar a Lorena desde Chatelet y,