La habitación estaba apenas iluminada, y solo César permanecía allí, con una figura desolada que parecía la de un huérfano abandonado.
La luz de la pantalla de la computadora brillaba tenuemente mientras él sostenía la foto que había traído consigo. En la multitud, el perfil de Lorena era pequeño, pero claro.
Tan pequeño que era fácil pasarlo por alto al mirar la foto, pero lo suficientemente nítido como para que cada detalle de su rostro quedara grabado en el corazón de César.
La pantalla de la