Pov. Val
Nos entregamos al deseo. A la pasión. Al desborde.
Los sentidos nos urgían. Yo también lo estaba. No necesitábamos palabras. Solo actos.
Nos devoramos en un beso hambriento, cargado de una ansiedad acumulada. Era un deseo incontenible, uno que nos sobrepasaba, que hablaba más alto que cualquier promesa o herida.
Me tomó con fuerza, sin llegar a hacerme daño, y me susurró al oído con la voz grave, ronca:
—Me extrañaste… porque tu piel me lo dice. Puedo sentir cómo palpita, cómo se eriza