Al dejar los autos, el grupo se encontró con Antonio al pie de la escalera principal de la majestuosa mansión Lombardi. Salvadore, desde el imponente balcón de la antesala, observaba con una expresión impasible, parecía vigilar cada movimiento con su peculiar mirada enigmática y altiva pero que de alguna manera al mismo tiempo no dejaba de ser sexy.
Isabella, con una elegancia natural, tomó la delantera, seguida de cerca por Alessa, Leonardo y Francesco, cada uno con sus propios pensamientos y