Las paredes grises y descascaradas apenas dejaban ver la luz mortecina que se colaba por un orificio en lo alto, proyectando sombras alargadas sobre el piso de concreto frío. Alessa, sentada en un rincón, con las muñecas marcadas por el roce de las cadenas que la ataban, miraba la puerta con una mezcla de ansiedad y agotamiento. El tiempo se había convertido en un concepto nebuloso, y su mente, una maraña de pensamientos rotos por el hambre y la soledad.
Cuando la puerta chirrió al abrirse, su