A la mañana siguiente, el sol acariciaba los ventanales de la mansión con una luz dorada y tibia, filtrándose entre las cortinas con la suavidad de una caricia. Todos desayunaron juntos, pero el ambiente estaba contenido, como si cada gesto pesara más de lo habitual. Leonardo y Alessa apenas probaron bocado.
— ¿Listos para ir al hospital? —preguntó Isabella con suavidad, rompiendo el silencio.
—Listos —respondió Alessa, aunque su voz temblaba como una hoja al viento.
Leonardo le tomó la mano co