Los tacones de Isabella resonaban con firmeza sobre el piso de mármol, cada paso marcado con la misma autoridad que irradiaba su mirada. Aquel día, a pesar del enojo, había una chispa especial en sus ojos. Sabía que la llegada de Nicolás Strauss marcaría un antes y un después en la constructora.
La puerta de la sala de conferencias se abrió con suavidad, y allí estaba él: Nicolás Strauss, alto, musculoso, con ese porte elegante que siempre lo caracterizaba. Su cabello rubio relucía bajo la luz,